Erase una vez un hombre que no decía lo que pensaba en público. Se lo guardaba para sí. Este hombre vivía en una sociedad en la que no estaba bien visto llevarle la contraria al líder, había que seguirle hasta la muerte, y si no lo hacias así pasabas a engrosar la lista de los proscritos, los fuera de la norma o los parias y no te recibía, no atendía tus peticiones de audiencia o no te pagaba los servicios prestados y te ponía el último de la fila para cobrar. Quería ser independiente, y de hecho, pertenecía a una organización que así se autodenominaba, ya que en su acta de constitución se señalaba claramente que esta organización nacía con el objetivo de defender los intereses de un determinado colectivo. Pero lo cierto es que querer defender los intereses de este colectivo le había llevado a tener que defender -lo quisiera o no- los intereses del líder.
En las distancias cortas y cuando tenía la oportunidad de decir lo que pensaba, sí que lo hacía y se sentía liberado. En su fuero interno, pensaba que quizá algun día la situación podría cambiar y el líder aprendiera a respetar, pero de verdad, a sus súbditos y fuera capaz de escuchar halagos y críticas y encajarlas sin tener que vengarse con los medios que tuviera a su alcance.
Mientras tanto, no se sentía bien. Su cara reflejaba la tristeza de tener que defender en público una cosa diferente a lo que pensaba en privado. Lo peor fue al principio, cuando tuvo que dar muestras de una afinidad total con el líder y dejar por el camino ideales, amigos y hasta los diez mandamientos si así se lo hubieran pedido. Luego, ya la cosa amainó, ya no fue necesario hacer esa ostentación pública de acatamiento total de lo que decía el lider, pero, bueno, de vez en cuando, se le exigían pruebas de fidelidad y eran esos momentos cuando peor lo pasaba. Porque el tiempo transcurría y se estaba dando cuenta de que la situación no iba a cambiar, por lo menos a corto plazo, que el líder necesitaba ese apoyo incondicional porque en el fondo lo único que sabía era mandar, no sabía escuchar, ni dialogar, ni aprender de los errores. Tanto es así que no había rectificado nunca, ni cuando les mando a todos cruzar el puente para llegar antes a la colina y luego se descubrió que la colina estaba al otro lado del puente y no habría sido necesario cruzarlo. Pues ni así, no volvieron sobre sus pasos, el líder se empeño en que ese no era el lugar al que iban e hizo caminar a todos media jornada más para llegar a otra colina.
Otra consecuencia de esta situación era la falta de respeto que el líder tenía hacía su organización y hacia él concretamente. No le llamaba para consultarle nada, no les tenía en cuenta para tomar medidas, ellos eran súbditos y lo único que tenían que hacer era acatar y ¡cuidadito! con llevar la contraria.
Este panorama le hacía plantearse continuamente si merecía la pena continuar con su actual labor, si realmente hacía algo por alguien o solo estaba aguantando el tipo, si lo que pasaba es que solo era un pobre hombre que intentaba capear el temporal mientras arreciaba.
(No estoy hablando de nadie en particular, aunque seguro que hay personas que pueden ver reflejado el perfil de alguien, pero no, este pobre hombre no es nadie, en concreto, y es mucha gente, en general. Es un pobre hombre que vive en un pobre sociedad de ahora, de antes y de siempre, con pobres (de espíritu) lideres que no saben gobernar para todos.)
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